Sara es mejor que nosotros

La patente de corso contaminante, o la bula para pecar como un marrano, será concedida por el gobierno previa muestra de apoyo público y un frotis genital a la plebe de tu clase social, dinero y poder monetario. Una vez realizado tal menester, procederá a extenderse la aprobación para un completo ‘haz lo que te salga de los bajos’ porque a partir de ese momento te creerás en posesión de una verdad absoluta e inalterable en el espacio-tiempo: con dinero, puedes. Has comprado la bula para contaminar, y con el pasaporte CO2 podrás hacer todo lo que desees, mientras el currito tendrá que conformarse con que no le bloqueen la cuenta por haber sobrepasado su huella de carbono permitida para este mes. 

Da gusto el mundo que nos está quedando. Eso sí, como ejemplo práctico de este nuevo sistema de intercambio de rentas: tú les das todo a ellos, y ellos te contentan con un precioso y comprometido tuit, además de un rostro guapo y bien maquillado en su yate que navega por la costa azul, para que anheles su vida mientras te pudres con la tuya, tenemos a una gloriosa muchacha. 

Esa muchacha no es otra que nuestra querida Sara, actriz dicen, pero principalmente conocida por ser la esposa de un exfutbolista que juega en el Sevilla (o eso dicen, también) que ha forjado su leyenda en el McAuto, además de dar trabajo durante años a todos los repartidores de Glovo de Madrid. Sara es la típica niña mona, que por su monenería (guiño) ha conseguido algún que otro papel en la industria cinematográfica española (el talento, digamos que, en su caso, brilla por su ausencia. Lo siento, Sara, eres bastante mala actriz. Pero mientras te dure la cara bonita, podrás seguir forjando tu leyenda. O hasta que tu marido se canse de ti) y de un día para otro se ha pensado que se encuentra al nivel social de Rockefeller, pero con la altura social del Duque de Alba. Por supuesto, Sara que es una feminista de pro, ecologista de manual y concienciada de cuna, no nos cuenta que el dinero que usa para promocionar ese feminismo de red social que tanto le apasiona, es de su marido; que el ecologismo de Instagram se queda a la puerta del jet privado con el que se mueve, y la concienciación se reduce a poner algún que otro tuit diciéndote a ti, pobre de mierda, lo malo que eres por conducir tu Megane por el centro de Madrid. Quita, coño, que hueles mal. ¿No te puedes duchar? Por supuesto, Sara, es de ese tipo de ser humano que, en cada tuit social y comprometido, tiene a bien recordar el dinero que tiene, porque su inseguridad y complejo de inferioridad es bastante mayor al número que hay en su cuenta bancaria. Sara podrá haber dejado el barrio, pero lo peor del barrio nunca tendrá a bien abandonarla. 

Sara también te dice que paga impuestos que se van a Sanidad y Educación (este mantra me encanta, en serio. Es como una demostración palpable de lo gilipollas que eres sin tener que llamártelo yo, ni tener que esforzarte mucho para dejarlo claro), que ella es más patriota que tú porque paga más. Quizás habría que recordarle a Sara, que esas dos partes del estado, apenas se llevan el 20% de lo recaudado. Aunque enseñarle matemáticas a Sara será harto difícil, como para encima tener que enfocarnos a enseñarle cómo demonios se maneja un presupuesto público y cómo se financia todo el estado. Mejor quédate en tu yate, Sara. Eso sí, te damos las gracias por haber renunciado a la educación, le ahorraste unos eurillos al contribuyente. Un detalle a tener en cuenta por futuras generaciones de parásitos sociales como yo, que, en nuestra indisposición económica respecto a otras personas, solamente nos queda un cerebro funcional. Otra cosa, Sara, cuando intentas ir de paladín del ecologismo, mientras quemas litros y litros de combustibles fósiles por pura diversión, todo tu discurso se cae sobre sí mismo. Y ese ‘como pago, puedo hacerlo’, tan solo me recuerda a ese clérigo que mientras se zampaba un chuletón de 3 kilos, le decía al pobre que no comiese carne porque iría al infierno (Gracias Zenu, por la referencia). Porque, Sara, al final hay clases y clases. Y tú, querida, eres otra clase. 

Porque Sara es la encarnación de todo lo malo de esta sociedad: cuñadismo, ecopijerío, charismo, demagogia, vanidad, egocentrismo y menos inteligencia que un bote vacío de mayonesa. Estamos a dos días que nos digan que un jet privado por encima de 10000 metros no contamina. Piensa una cosa Sara, que cuando tu vida futbolera llegue a su fin, podrás ir a Sálvame en un coche eléctrico.  

Por cierto, Sara querida amiga, no eres de izquierdas. En realidad, dudo muchísimo que tengas una ideología definida, más allá de ser una niña caprichosa que se suma a cualquier moda que le reporte cierto número de seguidores en una red social. 
 

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