Quítale la tierra al incapaz

La prohibición y el puño de hierro es el refugio de los incapaces, de los haraganes y de los que pululan en las sombras sembrando la cizaña; de todos aquellos que ejercen como matones sobre el promontorio de su falso moralismo. Ídolos que parecen intocables. Pero en el fondo, todos son hombres como tú y como yo. Todos respiran, comen, beben y cagan, como tú y como yo. Todos sangran, como tú y como yo. Todos nacen y mueren, como tú y como yo. La inmortalidad está reservada al vacío. Porque la nada es lo único que se perpetúa.

Se llaman dueños de algo, porque en cierto momento algún antepasado robó un pedazo de tierra que hoy remarca como suyo. Ejercen el poder de dioses porque les otorgas el poder de un dios, pero amigos míos: un dios es algo no terrenal, y esa gente es carne, hueso y polvo. 

Como tú y como yo.

Un dios no tiene miedo, porque un dios es todo lo que está más allá de la comprensión humana, y nosotros no alcanzamos aún a entender ni el sentido de nuestra existencia. Elucubramos sobre un porqué, mientras obedecemos cátedras de timadores de tres al cuarto. Pero la tierra, la hierba, las montañas, los ríos, los lagos, mares y océanos, no son de nadie y son de todos. Esos que dominan la tierra bajo la supremacía de leyes hechas a su medida, mañana encontrarán a alguien más avispado que tomará en su nombre la tierra que no tiene nombre. 

Las leyes son trampas bien redactadas, estafas aprobadas por hombres al servicio de su propio beneficio. El derecho ejerce como faro mientras perjudica a quien obedece, haciéndole creer que la justicia está por encima de todo, y es igual para todos. Aunque la realidad es que aprovechan el telar que han construido para continuar tejiendo la historia que ellos cuentan, perpetúan la obediencia de clase a un sistema ineficiente de leyes abyectas redactadas con el fin de dividir y eliminar cualquier atisbo de individualidad. De esta forma, el propio sistema crea siervos obedientes y los incapaces se perpetúan en lo más alto de una pirámide que sostiene el esfuerzo de una masa entregada. Pero las pirámides se construían porque eran lo más sencillo de hacer, nada más. No lo olvides.

Quien se refugia en la obediencia ciega es porque tiene miedo. Miedo a ser libre, miedo a dejar de ser una marioneta al servicio de incapaces. Tiene miedo a saborear el dolor y los placeres que te otorgan la plenitud de su humanidad, por eso optan por seguir a quienes la niegan. Muchos optan por pensar que todo obedece a planes maestros, cuando el propio caos universal es un plan en sí mismo. Existes con el fin de hacer el bien, no como objeto de malignidad. No eres una guadaña que cercena vidas, eres la fina pluma que escribe la historia.

No existimos para juzgar al prójimo, no existimos para marginar o imponer, no existimos para abarcar un poder inabarcable por la mera idea de sentirnos mejores por una etiqueta otorgada de manera fortuita: donde naces o quien te engendra. Nos seguimos refugiando en el chamanismo banal, mientras juegan con nosotros haciendo sombras chinescas en la pared y nos entretienen con la vacuidad de un moralismo perpetuado a base de violencia y absolutismo generacional. 

La igualdad no es una definición simplista, porque la igualdad no existe. No somos iguales, nunca vamos a ser iguales, y es algo maravilloso. Yo no quiero ser como tú, quiero ser como yo. Pero lo que sí existe es la libertad de elegir, decidir y permitir. La libertad es la igualdad, pero no la prostituida libertad que escuchamos a diario de boca de los incapaces sin escrúpulos que usan tu fuerza como masa para perpetuarse en su silla. Esa no. La libertad es un mundo donde lo único que se discrimine sea la discriminación.

Libertad para no vivir bajo mandatos religiosos o políticos contradictorios y cambiantes, porque a un incapaz hoy le apetece hacer algo que “no se puede”. Mandatos que te dicen que ames, pero no permitas que otros se amen. Que toleres, pero depende qué cosas. Mandatos que te piden respeto, pero está por ver si es recíproco. Porque el respeto no parece estar por encima del enfrentamiento. Mandatos que te ordenan imponer, antes que entender, el grito sobre el diálogo. Mandatos ominosos de obediencia enajenada. 

Obedecemos a ciegas la palabra de cualquier persona que tenga la suficiente falta de escrúpulos para decirnos lo que queremos escuchar, sin que atente contra nuestro sistema de creencias. Palabra de Dios. Y mientras nosotros obedecemos, toman la tierra y el aire que respiras haciéndolo suyo, como siempre han hecho. Te quitan lo que no pueden quitar, y lo hacen con la colaboración que les facilita una prole en guerra continua contra sí misma.

El incapaz se refugia en la división, y la división es la derrota de la sociedad y de la libertad. Su victoria es tu derrota, es mi derrota. Pero en el fondo no es más que un hombre, como cualquier otro. Rodeado de fieles, pero un hombre al fin y al cabo. Y los hombres fenecen.

Cuando los ríos fluyen, no distinguen entre fronteras ficticias creadas con escuadras, la corriente arrastra lo viejo y deja paso a algo nuevo. Si una ola arrasa la costa, no discrimina, para esa ola la igualdad es pura y dura: se lo lleva todo por delante y el caos se impone. Y del caos sale el todo. Del caos natural se perpetúa el propio orden inmaterial, porque todo vuelve a su propio sentido original. Donde la existencia en sí misma se apropia de cualquier argumento peregrino creado por los incapaces que te incitan a obedecer su palabra. 

Pero una palabra no es más que un sonido lanzado el aire por una persona de forma aleatoria en un punto inexacto de un vórtice temporal. Una palabra no tiene poder si tú no quieres otorgárselo, y el incapaz no tendrá poder si tú decides dejar de obedecer. 

Por eso se mueven en las sombras, por eso dividen el mundo en blanco y negro. Porque mientras ellos continúan tejiendo su historia, tú y yo seguimos cavando nuestra tumba ante la atronadora carcajada del incapaz, ensordecidos por el eco en lo más hondo del hoyo que cavamos.

No sabemos si hay dioses, y si los hay no les preocupas lo más mínimo. Pero lo que sí hay son hombres que se hacen pasar por dioses para robarte lo único que es tuyo por derecho: el mundo. 

Hombres.

Hombres de carne, hueso y polvo.

Jamás lo olvides

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