Los pobres en casa, el turismo es cosa de ricos

‘El turismo tiene que ser sostenible: tenemos que procurar que sea cada vez de mayor poder adquisitivo’ 

Nuestra ilustre ministra todopoderosa, consecuente y nada estigmatizada, Reyes Maroto, en el diario de prohombres dignos del toreo a pleno sol, ABC, nos marca el camino hacia un turismo elitista donde el pobre de pedir no tenga derecho a nada más que un jornal que le otorgue la capacidad adquisitiva de acceder a un mendrugo de pan al día. 

Como conducir, ir en avión y hacer turismo a lo largo y ancho del mundo, debería estar reservado solo para aquellos lo suficientemente ricos como para no tener que preocuparse de nimiedades como llegar a fin de mes, o vestir con ropa que no sean harapos malolientes dignos de Oliver Twist a su prole. Como en esos viejos años 20, donde cada uno ocupábamos nuestro lugar correspondiente, y el mundo iba infinitamente mejor. Aquello era progreso de verdad, del tangible. De ese que sientes cuando vas a pedir a la puerta de la iglesia y te arrojan una moneda al suelo, por la que quieren que pelees hasta la muerte con otro miserable como tú. También puedes trabajar, pero ese recoveco esclavista estará reservado tan solo para los que acepten de buen grado su condición de parásitos prescindibles.  

Mientras tanto, mantienen enormes burdeles con fronteras y gobiernos de marionetas útiles: véase Cuba o ciertos países del sudeste asiático, donde esos que no quieren que viajes por el mundo porque dejas una huella de carbono imborrable que destroza el planeta (sus jets son ecosostenibles) acuden raudos y raudas a mojar el churro; o a ser el chocolate del churro, por cuatro duros con deliciosos nativos y entregadas nativas que los querrán por un precio irrisorio. Todo bien amarradito para que sus conciencias no les hagan demasiada pupa, a la vez que se enamoran de los preciosos paisajes naturales de esos países que han anclado al tercer mundo por propia connivencia. Qué bonito está todo allí que no ha entrado la mano salvaje del hombre. 

Porque ese tipo de gente adora los árboles, pero aborrece a las personas. 

Pocas cosas mejores y que demuestren la democratización de la sociedad y el poder adquisitivo, que el turismo como lo hemos vivido en los últimos 25 años. La capacidad de moverte por todo el mundo durante ‘x’ tiempo al año, cuando antaño tus vacaciones eran como mucho viajar entre Oviedo y Llanes en un coche que olía a gasolina y aceite requemado, mientras tu hermano te pisaba la cabeza porque tú ibas en el suelo, ya que excedíais las plazas permitidas. Empezamos a ser una sociedad capaz, donde el turismo llegó para quedarse y a la vez que llegaba, nosotros íbamos al mundo a expandir nuestras ansias de ver, y dejábamos que el mundo viniese a España. Obviamente eso a los de arriba parece no gustarles, por lo que anhelan un turismo de alta alcurnia donde los hijos de los muchimillonarios vengan a gastarse sus herencias sin control, mientras tú no sales de casa porque contaminas en demasía, paleto. El obrero estorba, porque el obrero no gasta demasiado. Pero, amigo mío, esos herederos entre drogas, alcohol y parrandas infinitas, dejan en el país una cantidad de dinero sabrosa, lo que se traduce en unos jugosos impuestos que irán a llenar los bolsillos de un gobierno insaciable. Y si atracan sus megayates en nuestros puertos, sería el acabose. Permitamos que sus jets supersónicos aterricen, la huella de carbono en este caso importa lo mismo que tres comidas en África, ya tenemos al pringado de turno al que le impedimos moverse por su ciudad con su Megane del año 2003 para que pague por el heredero de turno.  

Porque quieren turismo de calidad, de droga elitista y champán de moda; de discotecas VIPS y reservados en restaurantes de cinco tenedores.  

Ansían el regreso de la exclusividad global, que este pedazo de tierra en mitad de la nada sea de nuevo su patio de recreo. Y por supuesto, lo más triste no es que deseen eso con fuerza y trabajen a destajo por conseguirlo, es el hecho de que tú, por ser capaz de acudir una semana a un resort de medio pelo, o moverte a una playa perdida, a crédito (o ahorrando todo el condenado año mientras te limitas en otras cosas), pienses que perteneces a esa misma clase social que maneja los tiempos a conveniencia.  

No me cabe duda de que apretarán un poco más, pues se acercan tiempos de cambio en los que la clase media baja desaparecerá y se instalarán dos tipos de personas: los que pueden y los que no. entre los que no, existirán diversos grados de poder adquisitivo (que en realidad la única diferencia será poder comprar un kilo de tomates o no), pero recordándoles de manera perpetua su lugar en este nuevo mundo que alumbramos tras dos años de acelerón.  

Bienvenidos a su nuevo patio de recreo. El cóctel con sombrilla, por favor. 

Deja un comentario