La diáspora de la cordura escolar

Imagen de la BBC.

Los colegios parecen haberse convertido en campos de batalla, campo donde se libra una lucha contra nuestra psicosis más aberrante mediante la cerrazón de argumentos básicos y simples. Mientras tanto, los sufridores son unas generaciones de infantes que ven pasar los años delante de ellos entre la negación y la incertidumbre. Tapados y maniatados, los niños no pueden levantar la voz en demasía ante el abuso constante de parte de un gremio que lleva casi un bienio instalado en la autocomplacencia, el nulo bagaje ético y el victimismo constante. No apean de su boca el perenne lamento matutino, argumento eterno donde el mundo no entiende su sufrimiento y dolor. El haber estado ahí maltratados por una sociedad que les permitió trabajar desde casa, vacunarse los primeros y ha acatado cada norma (a saber, más absurda que la anterior) que se les ha ido ocurriendo, parece no haber sido suficiente. Pero entre tanto, no han tenido lugar para el agradecimiento y la aceptación, más bien para el reproche y el exigir más. Querer más. Buscad más. Ansiar más.

Grupos burbuja, protocolos estúpidos y consentimiento de cualquier atropello inimaginable con la siempre válida justificación de una enfermedad que parece que iba por nuestros colegios segando vidas a diestro y siniestro, no dejando un alma en pie. Y no, los colegios no han sido focos de algo más allá de brotes irrelevantes, sino una reacción desproporcionada. Las escuelas viven rodeadas de una neurótica fanfarria más propia de un buffet libre de marisco en una reunión sindical, que de una escuela. Parte del profesorado ha caído en la distopía que ellos mismos han creado, aceptando su red de mentiras como un mundo real que tiene que adaptar todo lo que le rodea a su imagen y semejanza. Y la palabra divina no puede entrar en conflicto con la razón, por lo que la propia razón pasa a un plano menos que secundario.

Los niños han caído en esa trampa (incitados, casi empujados) de terrores infundados, muchos padres han acatado (por miedo a dañar a sus hijos con enfrentamientos más allá de sus aulas o porque comulgan con esas ruedas de molino) la enajenación como moneda habitual en sus rutinas, y no han intentado ofrecer soluciones más allá de obedecer a ciegas unos protocolos carentes ya del menor sentido. Ofuscación que tarde o temprano acabaría por estallar en nuestra cara. Y obviamente, con la retirada de las mascarillas en interiores ha acabado sucediendo.

Gracias a la histeria generada tras dos años de desinformación y terror al módico precio de cero euros (y perder nuestros derechos), parte del gremio educador del país se ha vuelto completamente loco. Sus cabezas han dicho basta y hemos tenido casos estos dos días de acosos a escolares, discusiones con padres que han dicho hasta aquí y niños que se han plantado. Acoso a niños por parte de profesores y compañeros por querer volver a enseñar su sonrisa. Se ha visto a cierta parte del profesorado pregonando supuesta vulnerabilidad inmunológica para mantener su dictadura sanitaria en marcha. ¿Os habéis dado cuenta de que en estos dos últimos años la población vulnerable española abarca, si seguimos el argumento de porque lo digo yo, más del 90% de las personas. Creo que hay tanto vulnerable como celíaco o intolerante a la lactosa autodiagnosticado.

Surrealismo en vena para una casuística que no responde a la ciencia, pese a pregonar que ellos son la ciencia.

Quizás sea hora de permitir que los niños sean niños y esa parte de un gremio que antaño era abanderado del respeto, empiece a pasar página de una situación que puede acabar por llevarles a la diáspora de la cordura. Trasladar tus miedos a la sociedad es insano, inmoral y presumiblemente ilegal (máxime si intentas incumplir un Real Decreto amparándote en protocolos derogados) y solo conduce a la deserción de apoyos en tu favor. Hay líneas que no se pueden traspasar.

2 comentarios

  1. Excelente reflexión sobre un tema tan actual e importante. 👌🏻❤ ¡Gracias y feliz sábado! ☀️

  2. Tendrías que tener una columna semanal, enorme y no me cansaré de repetirlo

Deja un comentario