Vivimos en un país extraño, ¿verdad? Un país que vendió su industria por migajas procedentes de una Europa encantada de conocerse, y de quitarse un rival de en medio. Dinero a fondo perdido, siempre y cuando todo el sistema nacional se encaminase hacia sectores de baja o nula productividad, como el turístico u hostelero. Sectores que no necesitan de una inversión que descompense márgenes, otorgando de esta forma un enorme beneficio a sus principales protagonistas, y que encima se nutre de mano de obra barata y prescindible, Solo gana la banca. Un sector al que ahora el programa climático tiene pensado cerrar, porque ya no es rentable para quienes han decidido cortarnos el grifo, aunque entre medias todos los actores se han hecho de oro por el camino.  

No importa nada, como tampoco importa que el desempleo en España no sea un problema puntual, sino algo estructural y político. No importa porque la élite patria lanza a sus huestes prestas a culpar al parado porque no quiere trabajar; es un vago redomado que prefiere vivir de ayudas que doblar el lomo. 

Cómo no van a hacerlo, si ellos mismos han creado el problema. 

Lo que ya es el colmo de los colmos, es observar al currito defender esas tesis. Un obrero que es consciente de lo complicado que es encontrar en España un empleo medianamente decente con el que salir adelante, teniendo que lidiar en muchísimas ocasiones con emprendedores del ramo pirata, que ofrecen condiciones que harían sonrojarse a un esclavista bereber. Y es que nos dicen por activa y por pasiva que ‘no queremos trabajar’, pero tal vez lo que no queremos es ir a una entrevista y que nos ofrezcan un sueldo de 800-1000 euros por trabajar 52 horas, cotizando 20. Quizás lo que no queremos, es atarnos en un empleo donde ascender no es posible, y vives día a día con la espada de Damocles del despido sobre tu cabeza, porque no se olvidan de recordarte a diario que tu puesto es prescindible. No vas a subir por la escalera. Entonces, si mi sueldo es algo inamovible, mi capacidad de evolucionar en la empresa no existe y no tengo ningún tipo de incentivo por superar objetivos, ¿por qué he de molestarme en hacer más de lo necesario? Si algo tenemos en nuestro querida España, son empleos precarios. Por lo tanto, como empresario no puedes quejarte de obtener precariedad, cuando tú mismo la estás fomentando porque te beneficia ampliamente. 

La gente no quiere vivir de ayudas, ni de prestado, al menos no la enorme mayoría. El parado por norma quiere trabajar, necesita trabajar. Una misera ayuda social no suple absolutamente ninguna carencia, más bien las acentúa y hace crecer otras nuevas. Te mina psicológicamente hasta anularte como persona, volviéndote sin que te des cuenta, un paria social al que todos acaban por dar de lado. Lo que no quiere el trabajador, es que le exploten por cuatro cuartos mientras se ríen en su cara, y mucho menos que le llamen vago, los mismos que han ayudado de forma incansable a instaurar el actual esquema laboral español. Un sistema rígido y putrefacto, repleto de pícaros de cuello alzado y Emilio Tuccis, que mientras ofrecen precariedad a diestro y siniestro, se alimentan de un chorro incesante de ayudas públicas. Ayudas que no tienen más objetivo que perpetuar dicho sistema. 

O se alimentaban.

Pero al parecer la culpa de todo la tiene el trabajador. El desempleado que no encuentra un trabajo con el que poder vivir, o el empleado que tiene que dejarse la vida por una empresa para la que es un número. El currante que tiene que acatar las obligaciones de un socio, con los beneficios de un esclavo. El parado que tiene que aceptar trabajos con condiciones abusivas, o no come. La culpa la tiene el empleado que se rebela contra esas condiciones en su trabajo, y la respuesta de muchos correligionarios suyos es ‘nadie te obliga a estar ahí, busca otra cosa y punto’. Y entramos en ese bucle de miseria humana instituicionalizada. Un proceso mediante el cual la élite azuza al pobre diablo que vive a crédito con esa falsa imagen de prosperidad frente a sus narices, contra el compañero que se niega a morir bajo el yugo del statu quo. 

No, claro que la culpa no es del parado. La culpa es de una élite que decidió atornillar un sistema laboral tercermundista en España. Un sistema que consiguió pasar desapercibido mientras el dinero europeo entraba a raudales, pero que ha demostrado su fragilidad una vez el dinero barato ha llegado a su fin. La culpa es de una élite que ha optado por llenar aún más sus bolsillos instaurando a su descendencia en los puestos de confianza, mientras el obrero ha ido perdiendo los pocos derechos que tenía. Y entre sueldos de miseria, pagas prorrateadas y horarios vergonzantes, el poder adquisitivo español vuelve poco a poco a su lugar: el sótano. Mientras tanto, esas empresas que crearon esta tela de araña que pensaron que seguiría creciendo a costa del sudor de los de abajo, observan como el castillo colapsa sobre sí mismo sin que ellas puedan hacer gran cosa. 

Cría cuervos… 

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