Ambientalismo, postureo y el timo del SXXI

Nos congratulamos de ser proambientalistas, animalistas, ecologistas y muchas cosas con ‘ista’ que lucen tremendamente bien en una red social como tarjeta de presentación de lo cojonudos que nos creemos, por gracia divina. Nos apasiona decir que amamos algo, aunque la triste realidad es que el contacto de la mayoría de las nuevas generaciones con ese algo se reduzca a una serie de televisión o un libro. Amamos la idea de un algo que muchísimas personas no conocen, ni siquiera saben cómo funciona.

No se ama a la naturaleza, no se cuida el medio ambiente, ni se salvaguardan ecosistemas, tan solo existe un enorme postureo patrocinado por quienes se lo están cargando haciéndote a ti más pobre, y ellos más ricos en el proceso. Eso sí, han logrado convencer a la masa social de que gritar frente a una tienda que vende abrigos de piel, amedrentar al agricultor/ganadero, o vetarte la entrada en la ciudad con tu coche, traerá de nuevo a la vida a los dientes de sable y mamuts. Mientras tanto todo lo que te rodea cada día es un poco menos tuyo, eres menos libre, y hectárea a hectárea, se hacen con el suelo que te hacen pagar por pisar; por el aire que respiras.

Podrás cantar bajo el mar con Sebastián, al menos.

No puedes amar la naturaleza cuando desprecias al ser humano por su clase social, cuando marginas al que no tiene nada impidiéndole el acceso a lo que por derecho es de todos, y jamás por nada del mundo tendría que ser de un individuo. Amas la grandilocuencia del vacío insustancial que te permite dormir medianamente tranquilo por las noches pensando que haces el bien. 

No puedes erigirte de paladín del medio ambiente, no mientras perviertes un continente entero usándolo como vertedero aprovechándote de la corrupción de unas autoridades totalitarias y genocidas. No amas la naturaleza, tan solo adoras alimentar tu enorme ego pensando que eres la hostia por hacer nada, porque has salvado una margarita frente a tu portal, mientras mueren ecosistemas enteros debido a que has decidido que tu móvil ya no es lo suficientemente moderno.

Alimentas ese ego voraz convenciéndote cada mañana de que estás cambiando algo, cuando en realidad nos están usando como peones en una guerra donde unos pocos se están haciendo con un planeta que no es de nadie. Repito: de nadie, la tierra que pisamos es de todos. De todos. El planeta es nuestro hogar, el único que tenemos. Y aunque conquistemos las estrellas, siempre será nuestro hogar. Y a pocos sitios se les puede llamar hogar, y el hogar se cuida con el corazón y el alma, se cuida siendo racional y no imponiendo el canibalismo financiero por delante de todo y de todos. El hogar se cuida no entrando al trapo de aquellas personas que solo visualizan la vida en números; que te ven a ti, a un animal o una planta, como un mero objeto prescindible dentro de su cadena de todo por un euro más. No cayendo en su juego es como se cuida todo lo que te rodea.

No estamos protegiendo el medio ambiente, estamos subvencionando las cuentas de muchas compañías que se han aprovechado de un filón llamado ecologismo para sanear sus finanzas y engordar sus beneficios a costa de arruinarte a ti y hacerte sentir culpable por algo que no has hecho. Están usando esa pizca de bondad que todos tenemos ahí dentro peleando por salir pensando que hacemos el bien, para hacer el mal más perverso.  Sí, se están cargando el planeta, la naturaleza, y todo lo que nos rodea sin consecuencias, mientras aplaudimos con fervor creyendo que se hace lo contrario.

Sal al campo, déjate llevar por las notas de un pájaro que vuela en libertad mientras tú vives a diario en una jaula de hormigón en nombre del progreso. Acurrúcate bajo la sombra de un árbol frente a un río, y que el sonido del agua te guíe a la auténtica libertad. Porque naturaleza no la cuidas conduciendo un Tesla, la cuidas siendo consciente de que existe más allá de una pantalla.

La naturaleza se cuida con un progreso adecuado a sus necesidades, no a las de unos pocos terratenientes que temen perder lo que tienen y tomaron por la fuerza decenas de años atrás, o de unos tiburones de ciudad ansiosos por heredar esas tierras para cimentar imperios decadentes.

Vamos en un tren y estamos intentando frenar la máquina desde la cola.

Deja un comentario